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Por Pastor Rev Cesar A. Peña

Discipulado

Discipulado

Introducción:

La palabra “confirmación” no es de uso común en círculos bautistas.  La razón no es difícil de encontrar.  Hemos reac­cionado en contra del significado erróneo que al término le da la Iglesia Católica Romana.  Esta enseña que la confirmación es un sacramento que "opera la infusi6n del Espíritu Santo para fortalecimiento   que  es un rito que la Iglesia usa con los ya bautizados, ungiéndolos con el crisma para confirmarlos en la fe y como todo lo que huela a “óleos santos” o que pregone una salvación sacramental nos repugna, hemos optado por desterrar el término de nuestro vocabulario eclesiástico.

Pero el término es netamente bíblico, y entraña un concepto fundamental.   ¿Debemos abandonarlo simplemente porque otros lo han entendido mal?  ¿No seria mejor definirlo correctamente y darle su debido énfasis?

En el Nuevo Testamento, Versión de Valera, Revisión de l96O, la palabra “confirmar”, en el sentido de “afirmar”, “fortalecer” o “establecer” en la fe, aparece catorce veces. Representa la traducción de cuatro distintas voces griegas, dos de las cuales se traducen "afirmar" en otros seis versículos más. Cuando a estos veinte pasajes agregamos los que hablan de la edificación de los creyentes  y de su crecimiento   y fortalecimiento espiritual, tenemos un total de sesenta y seis pasajes neotestamenta­nos que tratan del concepto bíblico de la confirmación.

En esencia la Gran Comisión ordena que el pueblo de Dios haga dos cosas:  evangelizar a los perdidos y confirmar a los discípulos. Evangelizamos a los perdidos cuando les persua­dimos a arrepentirse de su pecado básico de egoísmo y rebelión y a someterse por un acto de fe al señorío de Cristo.  Mediante este acto de fe toman sobre sí el yugo de Jesús (Mt. 11:28-30); se hacen sus discípulos.  Pero esto es sólo el comienzo.  El discípulo debe vivir como tal.  Debe traducir en realidad coti­diana todo lo que esté implícito en su entrega inicial.  Y para esto hace falta que sea instruido en sus deberes y estimulado a cumplirlos.  Confirmamos a los discípulos cuando les proporcio­namos la enseñanza y los cuidados pastorales que su desarrollo espiritual demanda.

Seguidamente procuraremos hacer cuatro cosas:

1.       Demostrar la importancia de la confirmación de los discípulos;

2.       Señalar en quienes descansa la principal responsabilidad para esta obra;

3.       Especificar lo que la confirmación demanda.

4.       Destacar cuatro recursos que una iglesia local puede y debe apro­vechar en el cumplimiento de esta importante obligación.

La Importancia del Discipulado

Dos consideraciones pueden ayudarnos a apreciar la importancia de la confirmación de los discípulos: 

1.       Una comprensión de la tragedia que le sobreviene al discípulo cuando su desarrollo espiritual queda estancado

2.       Una contemplación del énfasis que el apóstol Pablo ponía en este aspecto de su labor misionera.  Cuando el discípulo no se desarrolla debidamente, queda "niño en Cristo". 

Y en este estado de dolorosa anormalidad es:

1.       Incapaz de defenderse de  las artimañas del error (Ef.4:14),

2.       Es inepto para enseñar a otros (Hec.5:12,13)

3.       Se con­vierte   en un estorbo para el progreso de la obra del Señor (I Corintios 3:1-3

Por esto Pablo se preocupaba grandemente por la confirmación de los discípulos.  Ejemplo dramático de ello tenemos en Hec. 14: 21-23, pasaje que describe la etapa final de su primer viaje mi­sionero.  En ese viaje el apóstol había sido perseguido en Antioquía de Pisidia (Hec. 13:50, en Iconio (Hec.14:4-6) y en Listra (Hec. 14:19).  Al llegar por fin a Derbe, cansado y que­brantado en su salud, tuvo que haberse dado cuenta de que el camino más corto para regresar a Antioquía de Siria era el que atravesaba la Sierra del Tauro y pasaba por Tarso, su ciudad natal.   (Consultase un mapa)  Posiblemente pensó en lo hermoso que seria regalarse unas bien merecidas vacaciones entre hermanos y amigos de su terruño.  Pero Pablo no tomó el camino corto.  Volviéndose sobre sus pasos, visitó nuevamente las mismas ciudades en las cuales había padecido persecución.  ¿Por qué?   Porque sentía la imperiosa necesidad de confirmar a los discípulos. (Véase también Hechos 15:40, 41; 16:5 y 18:23)

Menos dramático, pero no por esto menos instructivo, es lo que el apóstol escribió en Col. 1:24; 2:7.  Allí nos dice que sentía la obligación de "anunciar cumplidamente" la Palabra de Dios.   Para él esto significaba dos cosas.  Una era predicar a los inconversos que "la esperanza de gloria'1 es Cristo en voso­tros (evangelización).  La otra era amonestar y enseñar a los discípulos con el fin de presentar a cada uno "perfecto", o sea maduro, en Cristo (confirmación).

Ahora bien, es de especial importancia notar en este pasaje la intensidad con que Pablo se dedicaba a la segunda parte de esta doble tarea. 12 Dice:  “para lo cual trabajo, luchando según la potencia de él, la cual actúa poderosamente en mí” (1:29). La palabra "trabajo" aquí significa "trabajo hasta el punto de caer rendido de cansancio'.  Y el término "luchando" traduce una forma del verbo griego agonidzomai (relacionado con nuestra palabra castellana “agonía”).  Describía originalmente los es­fuerzos extremados de los atletas que competían en los juegos olímpicos.  Este tipo de lucha sostenía Pablo en favor del desa­rrollo espiritual de todos los discípulos (2:1-7).

Aunque se pueden estudiar por separado, en la práctica es imposible desligar la pasión por el evangelismo de una pasión igual por la confirmación de los evangelizados.   Son las dos caras de una misma moneda.   Sin evangelismo no habrá discípulos que confirmar.  Y sin discípulos confirmados, no habrá quién evangelice.  Por esto debemos mantener unidos en nuestro pensa­miento dos declaraciones que se encuentran dispersas en los es­critos paulinos:

“Por tanto, todo lo soporto por amor de los escogidos, para que ellos también obtengan la salvación que es en Cristo Jesús con gloria eterna”  (2 Tim. 2:10).

“Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros.” (Gal. 4:19)

 Responsabilidad Para el Discipulado

Tanto la experiencia de Pedro como la enseñanza de Pablo indican que la responsabilidad final en este asunto descansa sobre quienes desempeñan en las iglesias la función pastoral.

La noche antes de su crucifixión, cuando nuestro Señor le advirtió a Pedro que pronto le iba a negar, le dio a la vez una palabra de estimulo y le asignó una obligación.  "Yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos" (Lc. 22:32).  Para nosotros esto quiere decir que solo puede confirmar a otros aquel que ha alcanzado cierto grado de firmeza en su propia vida espiritual.  Nos recuerda la insistencia de Pablo en que ningún "neófito" debe ocupar un cargo pastoral (1 Tim. 3:6).  Y va de acuerdo con la instrucción dada posteriormente a Timoteo en el sentido que éste debiera encargar lo que había oído de Pablo a hombres fieles que fuesen “idóneos para enseñar también a otros” (2 Tim. 2:2).  Tal idoneidad incluye, no solo la capacidad para enseñar, sino también la evidencia de haber experimentado personalmente la realidad espiritual de lo que se procura enseñar a los demás.

Después de la resurrección leemos que Cristo se apareció junto al mar de Tiberias a siete de los apóstoles.  Allí le dio a Pedro oportunidad de hacer en presencia de sus hermanos una triple confesión de amor (una por cada negación).  Había vuelto Pedro.  Ahora estaba en condiciones de confirmar a sus hermanos. Así fue que el Señor le hizo ver en qué había de consistir su labor de confirmación, diciéndole:  “Apacienta mis corderos... pastorea mis ovejas... apacienta mis ovejas”  (Juan 21:15-17). Confirmar es apacentar y pastorear.

Apacentar significa “dar pasto a los ganados; dar pasto espiritual, instruir, enseñar” (DRAE).   Se trata, pues, de ali­mentar espiritualmente a los discípulos--a los nuevos tanto como a los viejos (corderos y ovejas) mediante la enseñanza y predi­cación de la Palabra de Dios.  Por esto Pablo especificó que el que aspire a ser pastor de iglesias debe ser 11apto para ensenar'1 (1 Tim. 3:2; 2 Tim. 2:24; véase también Tito 1:9).

La idea primaria del verbo "pastorear" es "llevar los ganados al campo y cuidar de ellos mientras pacen (DRAE).  En el terreno espiritual la palabra encierra tres conceptos:  (1) Dirección (Juan 10:3, 4; Sal. 23:3b); (2) Protección (Juan 10:11-15; Hec. 20:28-30; Sal. 23:4, Sa); y (3) Restauración (Sal. 23:3a; Ez. 34:4; Gal. 6:1).

Concluimos, entonces, que la responsabilidad final por la obra de confirmación descansa sobre los pastores que el Espíritu pone en las iglesias (Hec. 20:28).  Además, tales pastores nece­sitan ser hombres de madurez espiritual, dotados con la capacidad de enseñar y dispuestos a trabajar abnegadamente en dirigir, proteger y restaurar a sus hermanos.

Esto no quiere decir, por supuesto, que los pastores han de hacer, por si solos, toda la labor de confirmación.  Quiere decir, más bien, que han de "perfeccionar a los santos para la obra del ministerio" (Ef. 4:12).  Han de adiestrar a los dis­tintos miembros del cuerpo de Cristo para que cada uno haga su distintiva contribución a la obra de "mutua edificación" (RO. 14:19).  A esto volveremos nuestra atención en la parte final de este estudio.

 Demandas del Discipulado

Hay ciertos cuidados pastorales que el nuevo discípulo ne­cesita recibir de inmediato para asegurar la supervivencia de su testimonio cristiano.  Y envueltas en estos cuidados hay en­señanzas y disciplinas que necesitará poner en práctica durante toda su vida terrenal.  Podemos sintetizar estas demandas de la confirmación bajo tres encabezados:  comprensión, consagración y continuación.

1.       Comprensión del Discipulado. 

En más de una ocasión nues tro Señor detuvo a personas que impensadamente se propo­nían seguirle (Mat. 8:19-22; 10:34-38; Luc. 14:25-33). Quería estar seguro de que comprendían la seriedad del paso.  De igual manera nosotros también debemos ayudar a toda persona que tenga interés en llegar a ser cristia. haciéndole ver que se trata de un compromiso de discipulado.

En la opinión del que esto escribe, demasiadas veces nuestro evangelismo queda truncado en este punto. Aunque la salvación, en último análisis, es una obra de Dios (Jon. 2:9b), sin ciertas actitudes de su parte el hombre no la puede recibir.  Estas actitudes son dos: arrepentimiento para con Dios y la fe en nuestro Señor Jesucristo (Hec. 20:20,21).  Pero, ¿de qué tiene el hom­bre que arrepentirse, y qué significa creer? Tenemos que arrepentirnos de nuestro pecado, de nuestro pecado básico del cual todos nuestros pecados brotan. Esta es una distinción vital que a menudo se pasa por alto.  Claro está que debemos arrepentimos también de nuestros pecados, de nuestros vicios, de nuestro mal genio, de nuestras violencias, de nuestros malos pensa­mientos, de nuestras palabras hirientes, etc.  Pero todos estos pecados particulares son sólo síntomas de un mal más profundo.  Nuestro verdadero problema es "un co­razón malo de incredulidad en apartarse del Dios vivo" (Hec. 3:12).

El primer pecado humano (Gen. 3:6) fue un repudio de la soberana autoridad de Dios y la entronización de la vo­luntad humana.  Desde entonces cada hijo de Adán, al lle­gar a la responsabilidad moral, ha actuado de la misma manera.  Somos todos por naturaleza "hijos de desobedien­cia" (Ef. 2:2).  Nos creemos dueños de nuestra existencia y nos proponemos vivirla a nuestra propia manera. 

¡Este es nuestro pecado!  De esto tenemos que arrepentimos. ¿Y qué de la fe?  Juan 1:12 revela que ésta tiene dos aspectos.  Uno es intelectual y el otro es volitivo. El aspecto intelectual de la fe es '1creer en el nombre" de Jesús.  En las Escrituras el nombre de una persona significa su carácter revelado.  Y en Juan 1:1-11 Jesús es revelado como Dios, Creador y Dueño del mundo.  En otras palabras, es revelado como SENOR.  "Creer en su nombre", entonces, es aceptar intelectualmente el hecho de su señorío. Pero esto sólo no es suficiente para hacernos hijos de Dios (Juan 2:23-25).

Para ser salvos es necesario creer, no solo con la ca­beza, sino también con el corazón (Rom. 10:10).   Este es el aspecto volitivo de la fe:  recibir a Jesús como Señor de nuestras propias vidas.    Creer es tomar el yugo de Cristo (Mat. 11:29).  Es, entregarnos a una vida de obediencia (Mat. 7:21), a "la obediencia que nace de la fe" (Rom. 1:5, NP).

Esto quiere decir que para llegar a ser cristiano tiene que comprometerse uno al discipulado de Jesús.  ¡Ser cristiano es ser discípulo!  No puede ser de otra manera. Y un evangelismo que no explique esto no es fiel al Nuevo Testamento.  Por tanto, la base imprescindible de la obra de confirmación consiste en tener verdaderos discípulos que confirmar.  Sabio, pues, es el pastor que prepare a un buen grupo de hermanos para ayudarle en este paso inicial de la confirmación - hermanos que sepan hacer comprender a toda persona interesada cuál es el verdadero significado del arrepentimiento y de la fe.

2.       Consagración al Discipulado. 

Esta consagración tiene su aspecto público y su aspecto privado.  El primero se relaciona con el bautismo y el segundo con el cono­cimiento y las disciplinas necesarias para el desarrollo espiritual.

·        Consagración Pública al Discipulado.  Creemos uná­nimamente los bautistas que el bautismo cristiano es la inmersión en agua de un creyente para simbo­lizar tres cosas:  la base de su salvación <la muerte y resurrección de Cristo>; la esencia de su salvación (muerte al pecado y resurrección espiritual a vida nueva); y la esperanza de su salvación (la resurrección y glorificación del cuerpo en la Segunda Venida del Señor).  Pero no somos tan unánimes en cuanto al tiempo en que el bautismo debiera ser ad­ministrado al creyente.

Aparte de la demanda de clara evidencia de una expe­riencia de conversión, la mayoría de nuestras igle­sias de habla hispana piden algunos requisitos adi­cionales.   Entre éstos los más comunes son el estudio de nuestras doctrinas distintivas y, cuando hace falta, la legalización del estado matrimonial.  El resultado es que en algunos casos el bautismo de un creyente se aplaza largamente.

Es indudable que la motivación de esta práctica es since­ra.  Obedece a un celo por proteger el testimonio de las iglesias.   Pero a pesar de su sana intención, la poster­gación del bautismo de una persona que dé claras muestras de regeneración no tiene sólido apoyo en las Escrituras. El único requisito  bíblico para el bautismo es que la persona sea creyente.  Y la negación del bautismo a un verdadero creyente no deja de crear problemas serios. Como bautistas insistimos en que nuestra "única regla de fe y práctica" es el Nuevo Testamento.  Pero cuando agre­gamos algo más a un requisito neotestamentario, arrojamos duda sobre nuestra posición.  Además, para todo creyente el bautismo es un deber.  Se le ha mandado bautizarse (Hec. 2:38).  Pero cuando le obligamos a demorar su obe­diencia en este particular, estamos asentando un prece­dente para demoras en otras obediencias más.  Por último, cuando obligamos a un creyente a aplazar su bautismo, es­tamos privándole de un apoyo espiritual.  Permítanme ex­plicar.  Hay cierta seme~anza entre el bautismo de Cristo y el de todo creyente.  La llegada de Jesús a orillas del Jordán para pedir el bautismo a manos de Juan constituyó una crisis en su carrera.  Fue el rompimiento con aquellos 11anos de silencio" en Nazaret y la consagración definitiva a su misión mesiánica.  Tuvo también su valor simbólico.

Prefiguraba la manera en que llevaría a cabo su misión: por muerte y resurrección.

Estos mismos elementos están presentes en el bautismo del creyente.  Tiene, como ya indicamos arriba, un triple valor simbólico.  Pero tiene también un sentido de crisis. La profesión pública de nuestra fe mediante el bautismo constituye un rompimiento decisivo con nuestro pasado y una consagración definitiva al servicio de Cristo. Es el sello de un compromiso con Dios, hecho en presencia de su iglesia.  Y el recuerdo de este momento importante constituye un poderoso aliciente a la fidelidad.

Así lo entendió Pablo.  En Rom. 6:1-6 el apóstol apela al bautismo de sus hermanos como motivación para una vida de victoria sobre el pecado.  Les recuerda el signi­ficado del acto.  Simbolizaba realidades.  Representaba en forma visible una experiencia espiritual:  su muerte con Cristo al pecado y su resurrección con El a una vida nueva.  En virtud de tal experiencia, ¿cómo podrían pen­sar en servir ya más a la maldad?

En vista de todas estas consideraciones, reconozcamos el valor del bautismo como medida de confirmación y allane­mos el camino a todo verdadero creyente para que, lo más pronto posible, profese su fe mediante este hermoso sím­bolo de la salvación.

·        Consagración íntima al Discipulado.  Aquí estamos pensando en dos cosas:  el conocimiento que el nuevo creyente necesita recibir y las disciplinas que necesita practicar para hacer un buen comienzo en su discipulado.

·        Conocimiento de la fuente de la vida espiritual Este es el conocimiento que de inmediato hay que compartir con el nuevo discípulo.   Hay que hacerle comprender que sólo Cristo puede vivir la vida cris­tiana (Gal. 2:20) y que El nos comunica su vida por medio del Espíritu Santo (Gal. 5:22, 23).  Hay que aclararle también que el Espíritu ya mora en él (1 Cor. 6:19) y que si no le contrista (Ef. 4:30) y no le apaga (1 Tes. 5:19), lo llenará (Ef  5:18), dándole victoria sobre el pecado (Rom. 8:2) y ayu­dándole en toda debilidad (Rom. 8:26).

Además, hay que demostrarle que el Espíritu que ha recibido le ha dotado con algún don que le hace po­tencialmente apto para el desempeño de un ministerio que beneficie a sus hermanos y glorifique a Dios (1 Cor. 12:4-7; 1 Pe. 4:10, 11), y que es su deber descubrir su don, dedicarlo a Dios y desarrollarlo en la obra evangelístico misionera de su iglesia. Si el nuevo discípulo no aprende estas preciosas verdades en el mero comienzo de su vida cristiana, es casi seguro que intentará servir a Dios en la energía de la carne, lo cual le llevará a lamentables fracasos y a innecesarios atrasos en su desarrollo espiritual

·        Práctica de las disciplinas del desarrollo espiritual Hay cuatro disciplinas espirituales cuya práctica con­secuente hará mucho para mantener al discípulo en la debida relación con su Señor.  Dos de ellas son ver­ticales (hacia Dios) y dos son horizontales (hacia el hombre).

Las disciplinas verticales tienen que ver con la Pa­labra y con la oración.  La Palabra de Dios es nues­tro alimento espiritual (Mat. 4:4), y hay cinco ma­neras en que podemos nutrirnos en ella:  oyéndola, leyéndola, estudiándola, aprendiendo de memoria pa­sajes selectos y meditándola.  Las bendiciones así obtenidas son grandes (Sal. 119:11, 50, 98, 105, 165), y el nuevo discípulo debe ser introducido de inmediato a esta inagotable fuente de riqueza (Hec. 20:32).

Si en la Palabra Dios nos habla a nosotros, mediante la oración nosotros le hablamos a El.  Y nuestras pláticas con Dios deben incluir cinco elementos: alabanza (Sal. 34:1; Hec. 13:15), acción de gracias (1 Tes. 5:18; Ef- 5:20), confesión (1 Juan 1:9), intercesión (Col. 4:12) y petición (Juan 16:24).  Si desde el principio el nuevo discípulo es ayudado a dar lugar en sus oraciones a cada uno de estos cinco elementos, pronto llegará a ser un instrumento de con­quista en las manos del Señor (Ef. 6:18-20).

Las disciplinas horizontales tienen que ver con nuestra comunión fraternal cristiana y con nuestro testimonio al mundo. En Hechos 2:42 encontramos un ejemplo de lo primero y de lo se­gundo en Hechos 8:4.  La vida del cristiano no puede vivirse en aislamiento.  El nuevo creyente precisa unirse con sus hermanos en convivencia, estudio y adoración.  Nunca debe dejar de congre­garse con el pueblo de Dios (Hec. 10:25).

Pero nuestra comunión de los unos con los otros y nuestra participación mancomunada en el estudio y en la adoración no son fines en si mismas.   Constituyen más bien la preparación e inspi­ración para salir al mundo y llevar a otros el mensaje de salva­ción (Hec. 1:8).   Hemos de ser testigos mediante nuestra conducta (1 Pe. 3:1,2), así como por medio de nuestras palabras (Hec. 4:31). Y el nuevo discipulo necesita ser ayudado a empezar a testificar de estas dos maneras desde el día de su conversión (Luc. 8:38, 39).

3.       Continuación en el Discipulado

¿Cuándo termina la confirmación?  Cuando el discípulo alcanza su plena madurez.  Y esto, ¿cuándo será? Parecería que si hubo jamás un cristiano maduro, lo seria el apóstol Pablo.  Pero éste, después de casi treinta años de ardua y fructífera labor misionera, escribió como sigue:

“No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús.   Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendién­dome a lo que está adelante, prosigo a la meta, al pre­mio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Fil. 3:12-14).

Tenemos que concluir, entonces, que la confirmación de los discípulos es un proceso continuo.  Empieza cuando el Señor nos llama a seguirle y termina cuando nos llama a su presencia.  Y por todo el camino que se extiende desde el primero de estos llamamientos hasta el último, caminamos juntos bajo el señorío de Cristo, y nos ani­mamos con la mutua exhortación:  "¡Vayamos adelante a la madurez”.  (Hechos 6:1) 

Recursos para la el Discipulado

En último análisis, los recursos de la vida cristiana son simplemente CRISTO.   “Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, y vosotros estáis completos en él” (Col. 2:9, 10).   Pero, ¿cómo puede una iglesia local ayudar a sus miembros a apropiarse las inagotables riquezas de Cristo para las necesidades de la vida diaria?  Creo que lo puede hacer mediante cuatro énfasis especiales, énfasis que por sus efectos benéficos se convierten en otros tantos recursos de la confirmación.

1.       La Adoración.  

La primera función de una iglesia cristiana es la de adorar a Dios.  Toda su efectividad depende de esto. En las palabras de Alejandro Maclaren “Nuestros tiempos de adoración fecundizan nuestras actividades así como los bancos de nieve en las elevadas cumbres alimentan los rutilantes riachuelos que llevan fertilidad a los campos que atraviesan”.   Una experiencia de la presencia de Dios humilla al orgulloso (Job 42:5, 6), hace descansar al fatigado (Isa. 40:31>, regocija al triste (Sal. 16:11), reanima al abatido (Hec. 22:23-25) y da dirección al corazón que busca (Hec. 13:1-3).

“Del Señor en la presencia mi alma oculta quiere estar, ¡Cuán preciosas las lecciones son que aprendo en tal lugar'. No me abate pena alguna; de cuidados libre estoy; Porque a este asilo huyo cuando asoma el tentador."

“Cuando mi alma está cansada, desfallece o tiene sed, Allí encuentra fresca sombra y agua viva que beber. Tengo allí con mi Maestro santa y dulce comunión. ¡Horas gratas!.  Los consuelos que me da inefables son.”

“A él mis dudas comunico, mis pesares y ansiedad. ¡Cuán pacientemente escucha, y remedio a mi alma da.' Me consuela y me reprende como fiel amigo que es, Con dulzura, que son tantos los pecados que en mi ve”

Nada hay que confirme mejor al discípulo de Cristo como una verdadera experiencia de adoración.  Como dijo Guillermo Temple: “Adorar es vivificar la conciencia con la santidad de Dios, ali­mentar la mente con la verdad de Dios, purificar la imaginación con la hermosura de Dios, abrir el corazón al amor de Dios y consagrar la voluntad al propósito de Dios”.

2.       La Predicación.

Aunque ésta constituye parte íntegra de los cultos de adoración pública, un examen de sus objetivos destaca su importancia como recurso de con­firmación.

En el sentido más amplio, toda predicación cristiana tiene un sólo fin: el de persuadir a los humanos a actuar de acuerdo con la voluntad de Dios, así como ésta ha sido revelada en las Escrituras.  Pero como parte de la humanidad es salva y parte perdida, se impone el establecimiento de cuando menos dos propó­sitos generales:  el de evangelización y el de edifi­cación.  Esta división rudimentaria se observa en los sermones de los mejores predicadores.

Los mejores predicadores de otros días presentaban dos clases de mensajes:  a los inconversos...; y a los seguidores activos de Cristo.   Aun cuando variaba la proporción respectiva de las dos clases de sermones, a menudo la relación parece haber sido de mitad y mitad. En los mensajes impresos de predicadores tan distintos entre si como lo fueron Spurgeon, Moody y Brooks, se observa esta proporción como norma de trabajo.

Sea cual fuere la manera en que uno prefiera clasificar los distintos sermones de edificación, el hecho de tra­tarse de aproximadamente la mitad de su trabajo de púl­pito es suficiente para convencer a cualquiera que la predicación constituye un importante recurso para la confirmación de los discípulos.

La efectividad de este recurso depende, por supuesto, del carácter del predicador y de la calidad de su predicación Si el predicador es un hombre lleno del Espíritu, y si sus sermones están centrados en Cristo, impregnados con la recta interpretación de las Escrituras y encaminadas a satisfacer las verdaderas necesidades espirituales de los oyentes--entonces habrá fruto para la gloria de Dios.

3.       La Enseñanza Bíblica. 

Tanto en Hechos 20:32 como en 2a. Tim. 3:16, 17, el apóstol Pablo hace hincapié sobre el papel de las Escrituras en el desarrollo espiritual.  En el primer pasaje dice que la Palabra de Dios tiene poder para sobreedificar y para enriquecer.  En el segundo de­clara que es útil para lograr que "el hombre de Dios sea perfecto (cabalmente adaptado a su fin), enteramente pre­parado para toda buena obra.”

Una de las bendiciones envueltas en nuestra salvación es "la unción del Espíritu" (2 Cor. 1:21, 22;  1 Juan 2:20, 27).   Esta unción nos hace capaces de conocer las cosas de Dios (1 Cor. 2:10-14).  Por ella cualquier creyente es capaz de entender las Escrituras.  Y esta capacidad es alimentada dentro del compañerismo de la iglesia. Cada iglesia cristiana local es un cuerpo de Cristo (1 Cor. 12:27) en el cual los diferentes miembros desempeñan distintas funciones en beneficio de la salud y del creci­miento del cuerpo (Rom. 12:5, 6; Ef. 4:16).  Estas fun­ciones o ministerios están determinados por los dones espirituales que cada miembro ha recibido (1 Cor. 12:4-7) Uno de estos dones es el de la enseñanza (Rom. 12:7;

1 Cor. 12:28, 29; Ef. 4:11, 12).

Este don es indispensable en un pastor (1 Timoteo 3:2; 2 Timoteo 2:24; Efesios 4:11).   Sus sermones todos deben contener fuertes dosis de instrucción.  Pero 2 Timoteo 2:2, Col. 3:16, Tito 2:3 y Hechos 5:12 todos demuestran que la enseñanza no es provincia exclusiva del pastor.  El desarrollo espiritual de los discípulos demanda tanta instrucción que no basta la que se imparte desde el púlpito.  Por tanto, es preciso que cada iglesia tenga su Escuela Bíblica, una escuela en la cual creyentes dotados con el don espiritual de la enseñanza guíen a sus hermanos en el aprendizaje y la aplicación práctica de las verdades escriturarias.

4.       Un Programa de Adiestramiento Especializado.

El Nuevo Testamento menciona más de veinte dones espirituales. Cada creyente tiene cuando menos uno de ellos (Rom. 12:6; 1 Cor. 7:7; 12:7; Ef. 4:7; 1 Pe. 4:10, 11>.  El propósito de estos enriquecimientos es el de capacitamos a todos para algún ministerio que glorifique a Dios mediante la edificación y el engrandecimiento del cuerpo de Cristo. Hay una estrecha e indisoluble relación entre los dones del Espíritu y los ministerios cristianos.   Puesto que Dios espera un ministerio de todos sus hijos (Ef. 4:7), le da a cada uno el don (o los dones) que corresponda a su ministerio particular.

Pero los dones espirituales sólo nos hacen potencialmente aptos para servir.  Después de descubiertos y dedicados, necesitan ser desarrollados.   Por esto cada iglesia debe llevar a cabo algún programa de adiestramiento práctico. Por ejemplo, un buen número de hermanos debe ser retado y preparado para servir de guías espirituales a los que hacen profesión de fe.  Los maestros de la Escuela Bíbli­ca necesitan preparación especial con el fin de aumentar sus conocimientos bíblicos y de mejorar sus métodos de instrucción.  Los misioneros de la iglesia necesitarán enseñanza especial sobre el evangelismo personal, el arte de la visitación, la solución de problemas congregacio­nales, la dirección del culto público y la preparación de sermones.  Los diáconos probablemente necesitarán adiestramiento administrativo y pastoral.  Algunos her­manos querrán aprender a dirigir estudios bíblicos infor­males en los hogares.  Otros tendrán interés en aprender a evangelizar por medio de la alfabetización.  La lista podría extenderse mucho más.

La efectividad evangelística y misionera de una iglesia está en proporción directa al número de sus miembros que están ministrando activamente de acuerdo con sus respec­tivos dones espirituales.  Los creyentes que sean adies­trados para estos ministerios son confirmados en su propia fe, y capacitados a la vez para confirmar también a otros.

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