Al estudiar la Palabra de Dios, descubrió que el
íntimo deseo de Dios es perdonar nuestros pecados. De modo que entregó su vida a Cristo
y se maravilló por el gozo y la libertad que había hallado.
Cuando Rookmaaker fue liberado de prisión al final de la guerra, inmediatamente se
unió a una iglesia. Pero en lugar de tener comunión con personas libres, se sorprendió
de encontrar tantos cristianos que aún vivían en la esclavitud del pecado y no
experimentaban el perdón de Dios.
Por otra parte, un personaje en una obra de Voltaire murió murmurando: "Dios
perdonará--ése es su trabajo." Aunque el perdón no puede darse por sentado de esa
manera, Dios nunca quiso que vivamos en esclavitud.
La Biblia enseña que la confesión es el prerrequisito para el perdón de Dios--ya sea
para la salvación inicial como para la comunión diaria. Esta confesión implica
arrepentimiento y, cuando sea necesario, restitución.
La confesión sin arrepentimiento es un fraude. En Proverbios leemos: "El que
encubre sus pecados no prosperará; mas
el que los confiesa y se aparta, alcanzará misericordia" (28:13).
A veces la confesión también implica restitución (Exodo 22:1-15). Por lo general,
éste es un aspecto olvidado de la confesión. Si nuestro pecado privó a alguien de algo
que le pertenecía o correspondía (algo material, dinero o trabajo), no sólo debemos
disculparnos con la persona ofendida sino que también debemos pagar tan pronto como sea
posible.
La maravilla de la Escritura es la buena nueva de que Dios perdona de balde a quien con
corazón sincero confiesa su pecado. Manasés fue uno de los reyes más malvados de Judá.
El echó por tierra las reformas de Ezequías y sirvió a dioses falsos con más celo de
lo que lo habían hecho las naciones paganas que Dios había destruido ante los israelitas
(2 Crónicas 33:1-9). Sin embargo, al ser capturado por los asirios, Manasés se humilló
ante el Señor--y Dios lo perdonó.
Si Dios pudo perdonar a un rey pagano y malvado cuando éste se humilló, con seguridad
que también nos perdonará si confesamos nuestros pecados y nos arrepentimos. La
confesión es humillante, pero "si confesamos a Dios nuestros pecados, podemos estar
seguros de que ha de perdonarnos y limpiarnos de toda maldad" (1 Juan 1:9 BD).
Aprenda de memoria este pasaje y a menudo pida a Dios que lo haga realidad en su vida.
Hay otro precioso versículo para agregar a su lista de memorización: "Y nunca
más me acordaré de sus pecados y transgresiones" (Hebreos 10:17). Cuán notable que
el Dios omnisciente promete no sólo perdonar nuestros pecados sino también olvidarlos
para siempre.
En su obra EL PARAISO PERDIDO, Juan Milton pregunta: "¿Qué otra cosa podemos
hacer sino postrarnos ante El reverentes; y allí confesar con humildad nuestras faltas e
implorar perdón; con lágrimas que rieguen el piso y con suspiros de corazones contritos,
como señal de pena no fingida y mansa humillación?"
Tomado del libro: DE
LA MANO DE JESUS. Luis Palau, su autor, dice: "Pensé en escribir este libro para
mis nuevos hermanos en Cristo, para aquellos que hace poco entregaron su vida al Señor
Jesúsy también para aquellos que hace tiempo tienen a Cristo en su corazón pero
se han estancado en su crecimiento espiritual.
En estas páginas deseo presentar un
plan de 52 pasos que, idealmente, debería completarse en un año, es decir a razón de un
paso por semana.
He sido testigo de nuevos cristianos
que quieren crecer, aprenderlo todo de golpe, y poner en práctica todo inmediatamente. Y
consecuentemente también he sido testigo de la frustración de esos cristianos cuando se
dan cuenta de que sus planes no se concretan como ellos habían soñado.
Sucede que en su entusiasmo un nuevo
cristiano muchas veces reacciona como una persona extremadamente hambrienta: se da un
atracón que, por lo general, no resulta muy beneficioso.
DE LA MANO DE JESUS es un plan
gradual, de conocimiento dosificado. Lea un paso cada semana, medite en lo leído, trate
de aplicarlo de manera práctica durante esa semana, y procure incorporarlo
definitivamente en su vida."