Inicio    Artículos y Estudios de Víctor Manuel Castro Chinchilla

Ahora somos hijos de Dios.

  Mientras un hijo es menor de edad, se encuentra en una condición  infantil y es igual a cualquier esclavo de la familia y depende de las personas mayores que lo cuidan y le enseñan, hasta el día en que llega a ser adulto y su padre le entrega sus propiedades y lo haga dueño de todo lo que posee. 

 Algo así pasaba con nosotros cuando todavía no conocíamos a Cristo: Los espíritus que controlan el universo nos trataban como si fuéramos sus esclavos, esos nos guiaban y nos llevaban por sus malos caminos. Éramos sus esclavos, sus siervos y a ellos servíamos.    Pero cuando llegó el día señalado por Dios, él envió a su Hijo, para liberarnos a todos los que teníamos que obedecer la ley de Moisés, y una vez hechos libres, nos adoptó como hijos suyos.

  Ahora, como sus hijos, Dios nos ha enviado el Espíritu de su Hijo a vivir en nosotros. Por eso, cuando oramos a Dios, el Espíritu nos permite llamarlo: "Papá, querido Papá".(Abba padre).

 Nosotros ya no somos como los esclavos de cualquier familia, sino que somos hijos de Dios. Y como somos sus hijos, gracias a él tenemos derecho a sus riquezas.

 Antes, cuando todavía no conocíamos a Dios, vivíamos como esclavos de los dioses falsos o dioses ajenos como también se les llama.. Pero ahora conocemos a Dios. Mejor dicho, Dios nos conoce a nosotros. Por eso no nos debemos dejar dominar de nuevo por esos dioses falsos. ¡Ellos no tienen poder, ni valen nada!

 No obstante todavía padecemos de nuestras debilidades y les damos importancia a ciertos días, meses, épocas y años. Es preocupante pensar que aun haya personas entre nosotros que se dejan dominar.

 Hay algunos que quieren obligarnos a obedecer la ley judía y se muestran ahora muy interesados en nosotros. Pero lo que en verdad quieren es hacernos daño, pues desean que nos olvidemos de las enseñanzas verdaderas que son las de Jesucristo para que sigamos doctrinas falsas que en la mayoría de ellas significan ventajas económicas para ellos.

Está bien interesarse por otras personas, si lo que se desea es hacerles el bien.

Dios nos quiere como a sus hijos, pero mientras no lleguemos a ser como Cristo nos haremos sufrir mucho unos a otros, y no digamos los sufrimientos que le causamos a Dios

Ustedes, los que quieren obedecer la ley, díganme una cosa: ¿No han leído lo que la Biblia nos dice de Abraham?

  Dice que él tuvo dos hijos, uno de ellos con su esclava, y el otro con su esposa, que era libre.    El hijo de la esclava nació como nacemos todos nosotros, pero el hijo de su esposa nació gracias a que Dios se lo prometió a Abraham.

  Estos dos casos pueden servirnos de ejemplo. Las dos mujeres representan dos pactos. Agar representa el pacto del monte Sinaí, que está en Arabia, pues todos sus descendientes nacen siendo esclavos. Ese monte representa a la ciudad de Jerusalén y a todos los que viven como esclavos de la ley.

  Pero Sara representa al nuevo pacto, por el cual pertenecemos a la Jerusalén del cielo, la ciudad de todos los que somos libres. Y refiriéndose a Sara, la Biblia dice:    "¡Alégrate, mujer,   tú que no puedes tener hijos!   "¡Grita de alegría, mujer,   tú que no los has tenido!

"Y tú, que jamás los tuviste,   ¡ahora tendrás más hijos   que la que hace mucho se casó!"

 Nosotros somos como Isaac, el hijo que Dios le prometió a Abraham. Y digo que somos como él porque somos los hijos que Dios le había prometido.

 En aquel tiempo, el hijo que Abraham tuvo con Agar perseguía a Isaac, que nació gracias al poder del Espíritu. Y ahora pasa lo mismo: los que desean seguir bajo el control de la ley nos persiguen a nosotros, que somos los hijos de la promesa.

 Pero la Biblia nos cuenta que Dios le dijo a Abraham: "Echa fuera de tu casa a la esclava y a su hijo. Porque el hijo de una esclava no tiene derecho de recibir lo que le corresponde al hijo de la esposa, la cual es libre".

 Hermanos, nosotros no somos esclavos de la ley, sino libres. No somos como el hijo de la esclava, sino como el de la mujer libre.

 No estamos sometidos a la ley sino a la gracia, porque por gracia somos salvos y no por obras.

¡Jesucristo nos ha hecho libres! ¡Él nos ha hecho libres de verdad! Así que no abandonemos esa libertad, ni volvamos nunca a ser esclavos de la ley.

   Pero quiero decirles algo: Si ustedes se circuncidan, lo que hizo Cristo ya no les sirve de nada.   Les advierto una vez más que cualquiera que se circuncida está obligado a obedecer la ley.  Los que quieran que Dios los acepte por obedecer la ley, rechazan el amor de Dios y dejan de estar unidos a Cristo.  En cambio, a nosotros, el Espíritu nos da la seguridad de que Dios va a aceptarnos, pues confiamos en Cristo.

 ¡Algunos de ustedes iban muy bien! ¿Quién les impidió seguir obedeciendo el verdadero mensaje?  Con toda seguridad no fue Dios, pues él mismo los invitó a obedecerlo. No hay duda de que un solo falso maestro daña toda la enseñanza. Asi como un pequeño poco de levadura leuda toda la masa así una falsa doctrina echa a perder todo.

     Estoy seguro de que ustedes estarán de acuerdo conmigo, pues somos cristianos. Y no tengo la menor duda de que Dios castigará a quien los está molestando, no importa quién sea.

   Hermanos, Dios nos llamó a nosotros a ser libres. Pero no usemos esa libertad como pretexto para hacer lo malo. Al contrario, ayudémonos unos a otros por amor. Porque toda la ley de Dios se resume en un solo mandamiento: "Ama a los demás como te amas a ti mismo". Si vivimos peleando y haciéndonos daño, terminaremos por destruirnos unos a otros.

    Nosotros debemos obedecer al Espíritu de Dios y así no desearemos hacer lo malo.

   Porque los malos deseos están en contra de lo que quiere el Espíritu de Dios, y el Espíritu está en contra de los malos deseos. Por lo tanto, no debemos hacer lo que se nos antoje. Pero si obedecemos al Espíritu de Dios, ya no estamos obligados a obedecer la ley.

   Todo el mundo conoce la conducta de los que obedecen a sus malos deseos: No son fieles en el matrimonio, tienen relaciones sexuales prohibidas, muchos vicios y malos pensamientos.  Adoran a dioses falsos, practican la brujería y odian a los demás. Se pelean unos con otros, son celosos y se enojan por todo. Son egoístas, discuten y causan divisiones. Son envidiosos, y hasta matan; se emborrachan, y en sus fiestas hacen locuras y muchas cosas malas. Recordemos, que los que hacen esto no formarán parte del reino de Dios.

En cambio, el Espíritu de Dios nos hace amar a los demás, estar siempre alegres y vivir en paz con todos. Nos hace ser pacientes y amables, y tratar bien a los demás, tener confianza en Dios, ser humildes, y saber controlar nuestros malos deseos. No hay ley que esté en contra de todo esto.

   Y los que somos de Jesucristo ya hemos hecho morir en su cruz nuestro egoísmo y nuestros malos deseos.   Si el Espíritu ha cambiado nuestra manera de vivir, debemos obedecerlo en todo. No seamos orgullosos, ni provoquemos el enojo y la envidia de los demás, creyendo que somos mejores que ellos.

 Las bendiciones de Dios para todos. Amen   

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