Inicio Artículos y Estudios de Víctor Manuel Castro Chinchilla |
Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
¿Qué significa esto?
En primer lugar haremos clara diferencia entre la justicia de Dios y la justicia humana. Dentro de la justicia humana hay varios niveles y en este caso, hay un nivel que se conoce como “la de los escribas y fariseos”. Por fuerza tenemos que explicar quien es un escriba y quien es un fariseo para poder entender que esa clase de justicia no la debemos practicar.
Definamos lo que significa el nombre “escribas”, según el diccionario bíblico tenemos esta aceptación:
ESCRIBAS
En el AT se aplica esta palabra al funcionario que estaba encargado de la correspondencia de un rey, del ejército, etc., lo que hoy recibe el nombre de secretario (2 S. 8:17; 2 Cr. 14:11; Est. 3:12; Is. 36:3, etc.). Se aplicaba también a los que copiaban y explicaban las Escrituras. Así, Esdras era «escriba diligente de la ley», «escriba versado en los mandamientos de Jehová», aunque era también sacerdote (Esd. 7:6, 11; Neh. 8:1-13).
En el NT se usa este término sólo en el sentido en que se aplica a Esdras, y los escribas son clasificados entre los principales sacerdotes y los ancianos. Se dice de ellos que se sientan en la cátedra de Moisés y que lo que ellos enseñan ha de ser observado; sin embargo, no deben imitarse sus obras (Mt. 7:29; 23:2, 13-33).
Se proclaman muchos ayes en contra de ellos. Así, aquellos hombres, que hubieran debido constituir un ejemplo para los demás, fueron públicamente denunciados porque con sus acciones negaban lo que enseñaban con sus palabras. No constituían una secta separada en la época del NT. Un escriba podía ser fariseo o saduceo. Cp. Hch. 23:9.
En pocas palabras un escriba es alguien que conoce de memoria las Escrituras y es capaz de identificar donde se encuentra un versículo y además es tan exacto en esto que puede decir donde va un punto o una coma. Los escribas conocen la palabra pero no la viven, porque ellos no tienen la inspiración del Espíritu Santo, son meramente altoparlantes para repetir la palabra de Dios sin ningún efecto espiritual. Jesús los identificaba junto a los fariseos como hipócritas porque decían la verdad pero no la vivían.
Acerca de los Fariseos, el diccionario dice asi: FARISEOS
(transcripción griega del arameo «p'rîshã»: «separado»).
Uno de los tres partidos judíos que menciona Josefo, siendo los otros dos los saduceos y los esenios.
Los fariseos eran los más rigurosos (Hch. 26:5). Con toda certeza, la secta de los fariseos apareció antes de la guerra de los Macabeos, como reacción contra la inclinación de ciertos judíos hacia las costumbres griegas. Los judíos fieles vieron horrorizados la creciente influencia del helenismo, y se aferraron con mayor fuerza a la ley mosaica. Al desatar la persecución contra ellos, Antíoco Epifanes (175-163 a.C.) dio lugar a que se organizaran como partido de resistencia. Este rey de Siria ordenó la muerte de todos aquellos israelitas que no quisieran abandonar el judaísmo ni ajustarse al helenismo. Intentó destruir todos los ejemplares de las Sagradas Escrituras, ordenó la muerte de todos los que estuvieran en posesión de un libro del Pacto o que observaran la Ley (1 Mac. 1:56, 57). Los asideos, o hassidim (judíos piadosos e influyentes), y todos los que observaban la Ley (1 Mac. 2:42; cp. 1:62, 63), participaron en la revuelta de los Macabeos como grupo particular. Aunque no llevaban el nombre de fariseos, fueron ellos, con toda probabilidad, los precursores. Cuando la guerra perdió su carácter de lucha por la libertad religiosa y empezó a perseguir objetivos políticos, los hassidim se desinteresaron. Desaparecieron de la escena durante el periodo en que Simón y Jonatán encabezaron la nación judía (160-135 a.C.).
El término «fariseos» aparece en la época de Juan Hircano (135-105 a.C.). Él mismo era fariseo, pero abandonó su partido, uniéndose a los saduceos (Ant. 13:10, 5-6). Su hijo y sucesor, Alejandro Janneo, intentó exterminar a los fariseos. Su esposa Alejandra, que le sucedió en el año 78 a.C., reconoció que la fuerza no podía hacer nada contra la fe; entonces favoreció a los fariseos (Ant. 13:15, 5; 16:1). Desde entonces, dominaron la vida religiosa de los judíos.
Los fariseos defendían la doctrina de la predestinación, que estimaban compatible con el libre albedrío. Creían en la inmortalidad del alma, en la resurrección corporal, en la existencia de los espíritus, en las recompensas y en los castigos en el mundo de ultratumba. Pensaban que las almas de los malvados quedaban apresadas debajo de la tierra, en tanto que las de los justos revivirían en cuerpos nuevos (Hch. 23:8; Ant 18:1, 3; Guerras 2:8, 14). Estas doctrinas distinguían a los fariseos de los saduceos, pero no constituían en absoluto la esencia de su sistema. Centraban la religión en la observancia de la Ley, enseñando que Dios solamente otorga su gracia a aquellos que se ajustan a sus preceptos. De esta manera, la piedad se hizo formalista, dándose menos importancia a la actitud del corazón que al acto exterior. La interpretación de la Ley y su aplicación a todos los detalles de la vida cotidiana tomaron una gran importancia.
Los comentarios de los doctores judíos acabaron formando un verdadero código autorizado. Josefo, él mismo un fariseo, dijo que los escribas no se contentaban con interpretar la Ley con más sutilidad que las otras sectas sino que además imponían sobre el pueblo una masa de preceptos recogidos de la tradición, y que no figuraban en la Ley de Moisés (Ant. 13:10, 6). Jesús declara que estas interpretaciones rabínicas tradicionales no tienen ninguna fuerza (Mt. 15:2-6)
Los primeros fariseos expuestos a la persecución se distinguían por su integridad y valor, eran la élite de la nación. El nivel moral y espiritual de sus sucesores descendió. Los puntos débiles de su sistema se hicieron hegemónicos y les atrajeron duras criticas. Juan el Bautista llamó a los fariseos y a los saduceos «raza de víboras». Jesús denunció su orgullo, hipocresía y su negligencia de los elementos esenciales de la ley, en tanto que daban la mayor importancia a puntos subordinados (Mt. 5:20; 16:6, 11, 12; 23:1-39).
En la época de Cristo los fariseos formaban una astuta camarilla (Ant. 17:2, 4) que tramó una conspiración contra Él (Mr. 3:6; Jn. 11:47-57). Sin embargo, siempre hubo entre ellos hombres sinceros, como Nicodemo (Jn. 7:46-51). Antes de su conversión, Pablo fue fariseo. Hizo uso de ello en sus discusiones con los judíos (Hch. 23:6; 26:5-7; Fil. 3:5). Gamaliel, que había sido su maestro, era también fariseo (Hch. 5:34).
Los fariseos eran una facción de extrema derecha, capaces de asesinar a sus opositores basándose en que las cosas de Dios son demasiado serias y comprometedoras, los fariseos se sentían altamente justificados para procurar en el pueblo el cumplimiento de las leyes de Moisés so pena de muerte.
Tanto los escribas como los fariseos eran agrupaciones contrarias a los mandatos de Jesucristo quien lleno de paciencia y de amor soporta todo lo que un ser humano haga con Dios y a cambio le entrega su propia vida para restacarlo de la perdición.
Pues, Jesús, nos dice que nuestra justicia o sea el cumplimiento de las leyes divinas, no deben ser como los escribas y los fariseos dictaminan sino como El manda, con amor, con perdón, con misericordia, etc.
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